Los cacharrones de las babianas

JUAN FRANCISCO SIÑÉRIZ TRELLES
Continuó pues su vereda hasta que llego a la villa de Cabrillanes en las Babias. Allí se le presento un nuevo mundo desconocido para él. Apenas había hombres en aquellos contornos. Las mujeres hacían todos los oficios. Ellas ejercían la noble profesión de la agricultura, sembrando y labrando la tierra con sus bueyes, y manejando la esteva con toda inteligencia. Ellas iban al monte con sus carros que retornaban a sus casas cargados de leña. En una palabra, era una sociedad de mujeres aisladas, pero unas amazonas en la fuerza y animosidad. Sus maridos y sus hijos estaban dedicados a la vida pastoril, y en la provincia de Extremadura tenían su más larga mansión. Solamente pasaban por su pueblo en la estación de verano cuando venían con sus rebaños a darles pastos en las montañas que dividen al Principado de Asturias del Reino de León. Se apeó nuestro Gil Blas en la taberna de aquel pueblo, y, pidiendo de comer, le presentaron las mejores truchas que puede haber en todo el Reino de España. No se puede dar una idea de lo que son sino invitando a los lectores a ir a comerlas allí. Cuando se estaba saboreando con ellas nuestro Santillana, se asomaron por el frente cuatro de aquellas amazonas, y le dicen:

–Caballero, ¿han de ser voluntarios o forzosos?

–No sé lo que ustedes me preguntan –dijo Gil Blas.

–Hablamos de los cacharrones –le contestaron.

–Y ¿qué son los cacharrones? –repreguntó.

–Cacharrones son los azotes que le hemos de dar en sus posaderas.

–¿Quiénes? ¿Ustedes a mí?

–Ea muchachas, ya está visto que han de ser forzosos, y manos a la obra.

Los cacharrones de las babianas

Al decir esto arremeten las cuatro al pobre Gil Blas, y cogiéndole la una por una pierna, la otra por la otra, la una del brazo izquierdo y la otra del derecho, me lo levantaron una vara del suelo. En esta actitud comenzaron a darle los cacharrones sobre su trasero por encima de los calzones, y concluida la operación se marcharon muy satisfechas de haber cumplido su deber.

Es una costumbre inmemorial en las Babias hacer esta operación a todo pasajero. Si este voluntariamente se presenta a sufrir la operación, le dejan, y se van tan contentas estas amazonas; pero si se oponen o resisten, no hay remedio sino pasar por la ignominia de verse un hombre azotado por mujeres. La resistencia es inútil en el más valiente, porque las hay allí de una fuerza gigantesca.

Corrido y avergonzado Gil Blas de esta ignominiosa aventura, no se atrevió a esperar otras en aquel pueblo, y continuó su viaje hacia el puerto de Somiedo.

El Gil Blas del siglo diez y nueve

El Gil Blas del siglo diez y nueve.  Tomo III
Juan Francisco Siñériz Trelles
Imprenta de Ignacio Boix. Madrid, 1845

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