Una lumbre sobre el mar
De todas las querencias que propiciaban la vista del mar, por encima de la senda prometedora del río y de los rumbos del viento que traía nubes de los océanos del mundo a nuestro valle, el que prefería mi tío Ricardo era la cima del monte Urbín.
Desde aquella soberbia escarpadura se decía que los días claros con viento del sur podía verse el mar, y sabiendo mantener fijos los ojos en un horizonte fugitivo, se revelaban, como dos vagos fulgores o como dos espadas que a veces se apagaban para volver a surgir, las torres gemelas de una catedral famosa. Algunas noches de invierno, cuando los hombres se reunían en una cocina para hablar amparados por el fuego y por la impaciencia de la nieve que iba adueñándose del valle, llegaba hasta mi cama el rumor de una voz contraria afirmando que aquella palidez remota que sugería el horizonte desde la altura de Urbín, no podía comprender los esplendores azules del océano.

–¿Y entonces qué es? –se alzaba desafiante la voz de mi tío.
Y la otra voz debía encogerse de hombros y callar. Pero surgía una nueva que advertía:
–Yo digo lo que Bautista siempre dijo, que el mar hay que verlo de cerca para saber de lo que se habla. Y aquí me parece que, salvo él, no lo vimos ninguno todavía.
Se extendía entonces un silencio que era de pesadumbre o de impotencia por la calidad invisible del mar. Y yo, desde la cama de la habitación, al fondo del pasillo por donde venían las voces mezcladas con el campanilleo de los vasos y las amonestaciones complacidas de las mujeres que cosían, quería levantarme, y en medio de la noche, correr a casa del señor Bautista a decirle que lo que se veía desde Urbín era el mar, a contarle lo que le había pasado a mi tío el último día de agosto, cuando la tormenta lo llevó al monte a recoger unas caballería sueltas y regresó con la luna ya en el cielo empapado.
Y mi tío dijo:
–Esta tarde se veía un barco de vela frente a la playa.
Eso es lo que yo quería decirle al señor Bautista: que desde el alto del monte Urbín se veía el mar; que mi tío había visto el mar desde lo alto de Urbín hasta en mitad de una tormenta.
El día que cumplí doce años mi tío anunció que me llevaría a ver el mar cuando acabase la siega. Aquel año pelé las cerezas del señor Bautista como si fuera dueño de un secreto. Antes de que él me despidiera en el portón se lo dije:
–Voy con mi tío a ver el mar.
El señor Bautista miró el cuenco con la fruta regalada y me lo quitó de las manos.
–Espera aquí –me dijo. Y entró en la casa.
Regresó con una cazuela mayor, colmada de cerezas.
–Si vas a ver el mar –me dijo– lleva algo más de fruta, que el mar da hambre.
Pasaron dos meses antes de que mi tío entrara muy temprano en mi habitación.
El mar que yo conocí una mañana de septiembre, una mañana en la que parecía que el aire acunaba lentas sirenas de navíos y tumulto de gaviotas en las alturas a medida que nos acercábamos a la linde aérea de Urbín, fue el rostro fatigado de mi tío, su terca tos, la voz inesperada reclamando mi ayuda para sentarse un momento junto a un manantial sonoro e invisible. Y fue el mar su voluntad de afirmarse en aquel reposo sin seguir caminando.
Tenía razón el señor Bautista, que había sido fogonero en un vapor llamado El Águila y fumaba en una pipa negra: desde el monte Urbín no se puede ver el mar. Pero cuando mi tío enfermó gravemente, poco después de aquella mañana que quisimos tocar el roble de Urbín con nuestros dedos, venía a visitarle todas las tardes. Sentado en una silla le describía la forma de los timones y le recitaba los nombres airosos de las urcas y los pataches con los que se había cruzado en la navegación del mundo. En la estricta habitación cabían islas y tormentas, puertos blancos y peces voladores. Y el señor Bautista juraba entonces que todo era como se veía desde el monte Urbín.
La noche que mi tío Ricardo dejó la tierra pude decirle que también yo había visto el velero de la playa, y que a pesar de la poca luna, brillaban sobre la arena las brasas de una hoguera en la que unos hombres se repartían palabras sacadas del mar.
Las elipsis del cronista
Pablo Andrés Escapa
Páginas de Espuma. Madrid, 2003
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