Los maestros babianos

ANTONIO J. ONIEVA

Acompañados del maestro de Lete, un señor de avanzada edad, llamado D. Ramiro, se dirigieron los de Turuelves y Castrado al ferial de maestros.

–No son maestros titulares estos babianos –díjoles D. Ramiro–. Ni tienen siquiera certificado de aptitud. Son aldeanos de la región de las Babias, en León, que vienen a esta provincia a dar escuela durante el invierno. Generalmente se les contrata para pueblecitos donde no hay escuela nacional, y en determinados casos no puede negarse que hacen un buen servicio, puesto que muchachos que forzosamente se verían incapacitados para aprender por lo menos a leer y escribir, lo hacen con estos individuos que no saben de otro procedimiento que el del «machaqueo». Véanlos ustedes allá…; son inconfundibles.

Precisamente en el mismo momento en que los tres compañeros se acercaban a los maestros babianos, unos aldeanos de un pueblecillo próximo se disponían a contratar a uno de ellos.

–A ver –gritó un babiano dando una palmada.

Los demás se pusieron en fila. El aldeano de más viso la recorrió con la mirada, como estudiando las cataduras, y por fin se dirigió a uno de ellos. Más como viera allí al maestro de Lete, le dijo:

–Don Ramiro, ¿quiere usted examinar a este?

Don Ramiro se acercó al babiano.

–Vamos a ver, ¿qué sabe usted?

El babiano descolgó inmediatamente su mochila y sacó de ella un libro, un cuerno con tinta, papel y pluma. El libro era Guía del artesano.

–Don Ramiro, ¿quiere usted examinar a este?

Don Ramiro se acercó al babiano.

–Vamos a ver, ¿qué sabe usted?

El babiano descolgó inmediatamente su mochila y sacó de ella un libro, un cuerno con tinta, papel y pluma. El libro era Guía del artesano.

–Yo sé leer «de corrido», como se puede probar. Y sé «echar firmas». Y sé también «cuentas». Y además toco el acordeón.

–¿Qué cuentas?

–De las 4 clases. Y además problemas. Como aquel que dice: «¿Cuánto valen siete sardinas y media a perrina y media sardina y media?»

–Todos ustedes vienen con el mismo problema. Parece que no hay otros problemas en el mundo.

–Sé también el de las vendedoras de huevos que se preguntaban cuántos tenía cada una. Y sé también el del gitano que entró con dinero a una iglesia de tres altares.

–¿Y nada más?

–Aparte de la escuela, sé el modo de tocar la campana para desconxurar la nube. Y hago dibujos de navaja en los bastones y las madreñas. Y sé los romances del aparecido, y de Luis Candelas, y de Fierabrás, y de…

–¿Quiere usted que lo probemos? –preguntó D. Ramiro al aldeano.

–Sí, sí; porque estos, cuando ofrecen no callan la boca.

Se marcharon todos con el babiano a la taberna más próxima, como es de rigor que en tal sitio se formalice el contrato, y allí, sentados alrededor de una mesa, leyó, escribió, púsose una suma de dos sumandos larguísimos; dijo las pesetas y los duros que son tantos reales, y los reales que contienen tantos duros y tantas pesetas, y explicó, al fin, dándose mucha importancia, el problema del gitano en la iglesia de tres altares.

–¿Y doctrina cristiana? –preguntó don Ramiro.

–Eso no hay que decirlo, porque me sé el catecismo de memoria. Y además enseño a ayudar a misa.

En cuanto al precio, no hubo regateo. El babiano pidió treinta duros por toda la temporada, desde diciembre a marzo, con obligación de dar escuela también de noche, y comida y cama un día en casa de cada vecino. Todo ello le fue concedido. El babiano se despidió de sus compañeros de feria, y con los aldeanos contratantes partió para la aldea.

–Me ha sorprendido –dijo José Miguel– una de las habilidades del babiano, de la que ha hecho mucho mérito.

–¿Se refiere usted a la de tocar el acordeón?

–Efectivamente; y no me explico la relación que puede haber entre la enseñanza escolar y el arte de tocar tan molesto instrumento.

–¿Molesto? En estas aldeas enloquece al vecindario. Aquí para bailar la gente joven encuentra suficiente pretexto en el ruido acompasado que produce una cuchara sobre una sartén o caldero, y multitud de bailes he visto yo organizados sin otro instrumento musical. […] La clase de día que dan estos maestros apenas tiene importancia. Pero por la noche es ella. Se reúnen en una cuadra, porque no se dispone de otro local en las aldeas, treinta o cuarenta personas entre niños, niñas, mozos y mozas. No hay otra luz que un mal candil de petróleo, con un humo apestante, el cual, unido al hedor que exhalan aquellas gentes y a los vahos del estiércol, producen una atmósfera cálida y densa, capaz de arrancar náuseas del estómago más probado. Los mozos suelen apagar la luz y prorrumpen en relinchos, chillan las mozas, lloran los chiquillos, alborota el babiano, golpeando con la cayada en el techo, porque sobre el suelo no haría ruido, y se arma una baraúnda infernal, un pandemónium infinito…, que termina tirando el babiano el acordeón y armándose un baile agarrao, y… a tragar polvo, sudor y briznas de estiércol. Yo he asomado en una ocasión las narices por uno de estos bailes, y no olvidaré jamás la impresión… Un candil colgado de una viga del techo; el babiano tocando el acordeón sobre un cesto invertido; un enjambre de chiquillos sentados a sus pies y cantando el aire del acordeón hasta desgañitarse, y dando golpes a compás con las almadreñas, y un revoltijo informe de caras rojas, brillantes, sudorosas entre el vaho de los alientos…

–Y así hasta Pascua Florida –prosigue D. Ramiro– en que el maestro de las Babias termina su misión. Cobra sus pesetas, compra su par de botas y alguna prenda de vestir en la villa cercana y se vuelve a su tierra.

–Con el contrato para el año siguiente, por supuesto –dice José Miguel.

–De ningún modo. No hay babiano que pase dos temporadas seguidas en el mismo pueblo.

En esta conversación habían vuelto los tres compañeros al puesto de babianos. La contratación estaba en todo su apogeo. Aldeano había que miraba al babiano por delante y por detrás, como si se tratase de uno de tantos ganados expuestos en el ferial; otros pasaban media hora regateando una peseta; pero a la postre todos fueron contratados, y más que se hubieran presentado, hasta el punto de que uno de ellos ofreció escribir a su pueblo pidiendo una remesa de «funcionarios públicos» para satisfacer en su totalidad las necesidades culturales de la comarca.

Entre montañas (la novela de un maestro rural)

Entre montañas (la novela de un maestro rural)
Antonio J. Onieva
El Magisterio Español. Madrid, 1922.
Reeditado en 1944

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Leen Inés González Alonso, Martín y Mateo Caballero González, de 16 y 12 años, y Álvaro Caballero Villa