Notas babianas. Un concierto en la montaña

RAMIRO ÁLVAREZ

Primera parte. Silencio.

Septiembre. Las tres de la tarde. Serenidad. Calma bajo la copa de un pino, sobre el césped y a la sombra. La copa del pino, antena silvestre, capta lejanas ondas sonoras. Estamos bajo el concierto de lo mudo. Lejos, en las inmediaciones de la aldea, se instrumenta el concierto de la vida ante la emisora del trabajo.

En la vega alfombrada el pastor grita a sus vacas. Ríen las lavadoras en la fuente rumorosa; sacuden las ropas contra las tablas como si, en pleno éxito, aplaudiesen sus propias risas o riesen sus propios golpes. Cuco del reloj de aldea, canta el gallo los minutos del cronómetro Sol. Una vaca envía un bramido nostálgico al ternero que perdió en la feria. Tambores en el «jazz band» de la vida rústica, golpean en las eras los manales. Charlas apagadas, como murmullos de confesiones y pecados. De vez en cuando cruza un automóvil por la ruta del progreso, zambombea el motor, da dos bocinazos y, cometa de larga cola, deja tras sí una estela de polvo aromada en gasolina. Matizan el concierto, tejen su fondo, llenan los vacíos sonoros, serenatas de pájaros y suaves mujidos del viento que, al besar las plantas, agitan las frondas de sus cabelleras. Silencio bajo el concierto de lo mudo.

Ruido, murmullo, en la paz del silencio. Septiembre. Las tres de la tarde. Serenidad. Calma bajo la copa de un pino, sobre el césped y a la sombra.

Notas babianas RAMIRO ÁLVAREZ

Segunda parte. Eco.

El eco es sencillamente el espejo de la voz, es al sentido del oído lo que el espejo es a la vista. Y si hay Narcisos que se miran y recrean en el cristal de la laguna, no faltan otros Narcisos del cielo que vienen a reflejar sus canciones en la dura caliza de la roca. Para los nóveles oradores, para los conversadores que se escuchan, para el tenor faisán que se embebe en su propio canto, es el eco el mejor autoensayo de latipuillos, timbres y voces.

El ijujú que lanza el montañés frente a la peña, es pelota de viento que, rebotando en la roca, vuelve con la misma fuerza, con la misma claridad y limpieza, a herir su propio oído. Como si las bocas de las cuevas fuesen grandes amplificadores, altavoces naturales, que repitiesen, agrandadas, cuantas modulaciones se emiten en la colina de enfrente. Por esas bocas profundas parece contestar la tierra a la voz del hombre; por esas bocas con dientes de estalactitas y amplias cajas de resonancia.

Cuando el eco es múltiple porque la voz va de peña en peña en incontables reflejos, se ensancha el mundo de los sonidos, crece el universo acústico, las rocas se contestan entre sí, hasta que cada cueva da su nota, su voz, en el concierto del bosque. Hay una peña tiple, otra barítono, y al fondo, apagado, el eco del coro general. En el saxofón calizo cada estrato tiene su vibración y su timbre propios bajo el golpe de los gritos.

Da un silbido el pastor, y todo en torno se hace mirlos. La ronca voz del ruído montañés se aclara al choque con la caliza, se filtra, se afina, gana en limpieza, de tal modo que en el eco cree encontrar la voz de la zagala. La ingente masa calcárea es un gran filtro contra los ruidos parásitos. A cada grito del hombre le corean en grandioso acuerdo todas las crestas.

Para terminar el concierto el pastor sacude sus herradas almadreñas, y la peña rompe en clamorosos aplausos. Es la ovación a su propio concierto. Y caen los telones sobre el escenario de la Naturaleza. Primero se cierran las cortinas de niebla, y más tarde, ese telón de boca (oscuro de boca de lobo), que es la noche, viene a tapar todo el decorado teatral de la montaña.

La Democracia. [León, 15 de septiembre de 1932].

La Democracia
Ramiro Álvarez
[León, 15 de septiembre de 1932]

Puedes escuchar también el pódcast

Leen Manuel y Esteban Piñán y Mateo Caballero González, de 8 y 13 años, y Cristina Fanjul