El pato silvestre

GUZMÁN ÁLVAREZ

Amaneció una mañana muy blanca en la inmensa vega. No se mueven las pálidas hojas de los sauces ni se arruga la superficie tersa del agua del río ni se corta la cara cetrina del madrugador, y sin embargo, el hiriente frescor de la mañana fina hostiga a uno hasta hacerle encogerse.

El embalse de la presa de riego está lleno y el agua bruñida se agolpa por saltar; total, para si la dejasen, resolverse en ingrávida espuma después de deshacerse en prolongado lamento.

Por encima del embalse, oculto entre las ramas inmersas de un sauce, un pato solitario empieza a sentir, todavía entre las brumas del sueño, el deseo de estirar el cuello.

Acostumbraba a seguir la ruta del sur que llevan sus compañeros cuando, oscurecido, en aguda cuña descienden de las lagunas altas, medio secas, y buscan la tersura de los ríos; pero quiso una tarde desprenderse del grupo, y eligió esta cintita inmensamente azul, rematada por la fronda verde-gris de sus pronunciados rebordes; le pareció un lugar tranquilo y seguro para pasar la fresca noche y la consiguiente mañana de oro transparente de fin de verano. Y si después viera que en aquella llanura grande nadie turbaba su soledad, troncharía durante varios días cuantas espadañas y ranunculáceas encontrara entre aquellas dulces aguas que apenas se ven.

Y, hecho una bola, pasó la noche en un sueño.

Después de desperezarse tendió el arco de su cuello fino, cortó silenciosamente las quietas linfas con su plano pico del que, al sacarlo, caían gotas de cristal, y esperó la caricia dorada del sol inmenso. De su ancha pechuga irradiaban, al mecerse, suavísimas ondas.

Ha madrugado poco el cazador; casi lo sorprende el sol en la cama.

Almorzó apresuradamente, cogió la escopeta, la cartuchera, dio un silbo al perro y partió. Quería ir al cazadero de los Paulones y el Pando, que está del otro lado de la vega, y tenía que atravesar esta y pasar el río por el puerto de riego.

Cazador o pastor o ambas cosas, este hombre robusto y vigoroso que atraviesa la ancha vega, rodeada de montañas, es la representación de un pueblo que paseó sus afanes en esta comarca durante siglos.

Va con paso firme el cazador y lanza al aire fresco bocanadas de aliento blanco. Antes de que llegase al río lo alcanzó el sol. Y al chafar el césped se cuajaron de gotas irisadas sus botas untadas con sebo.

Se ha detenido el cazador, pensando que pudiera haber algún pato entre los sauces; no es frecuente, pero sucede a veces. Y dio un silbo al perro que corría y saltaba gozoso delante de él. Ha cargado su escopeta con munición gruesa porque los patos tienen mucho plumaje y difícilmente penetra el plomo hasta sus entrañas. Avanza, ahora, lentamente el cazador y va en acecho; se arrastra el perro detrás, entre sus pies: saben los dos que el pato es muy avisado, y se le sorprende difícilmente. Pocas veces se pone a tiro.

Las primeras caricias del sol embotaron los sentidos sutiles del pato; sentía crecer su pechuga y prolongarse su cuello; llenábase de regusto sereno por la tibieza de la mañana. Y no sintió al cazador que había pasado ya la primera mata de sauces. Cuando se dio cuenta lo tenía casi enfrente y se estremeció de temor. Había tenido un descuido y se apresuró a salir: estiró su cuello en el aire en busca de cielo, trazó con el extremo de sus alas ondas de luz en el agua y se lanzó frente al sol en angustiosa huida.

Traspasó un disparo la mañana grande de la inmensa vega, y se quebró el vuelo tenso de un huyente pato. Resbaló su robusta pechuga sobre el fresco césped, y enarcó por última vez su flexible cuello; al cerrarse sus ojos parecían, frente al sol, dos ascuas que se van apagando.

Estampas de Babia. Guzmán Álvarez

Estampas de Babia
Guzmán Álvarez
Edición del autor, 1951
Reeditado en 1981

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Leen Nicolás García, de 11 años, y María Arias