Pinos, al abrigo de Peña Ubiña
Pinos, mi pueblo natal, es un pueblecito entre montañas de roca caliza, unas en forma de sierra y otras redondeadas. A la orilla del río y en un valle estrecho estarán las casas divididas en tres barrios y con los nombres de barrio de Arriba, por ser algo más alto; barrio de la Peñita, porque lo limita el río y pegada a él la pequeña peña casi triangular; uno y otra al sur. Frente a la peña hay un puente y después de él, hasta el río Malo, hay otros cuatro puentes.

En la parte noroeste hay otra peña más alta y sin crestas que se llama peña Palomera. El barrio del centro lleva el nombre de El Concejo, porque en su centro está la plaza del Concejo y a un lado está la escuela del pueblo, edificio de piedra, con tejado de madera, salón de clase y en la parte alta casa para el maestro.
En la plaza es donde el alcalde del pueblo reúne al vecindario al toque de campana y allí les comunica el porqué de la llamada. Unas veces será para facendera de caminos o puentes; otras para acotar pastos o montes de leña y otras para fijar el valor en renta de los Cuérrabos, que es una finca de propiedad colectiva, que por herencia de generación en generación disfrutan desde tiempo inmemorial los nacidos en el pueblo.
En otras ocasiones será la reunión para el reparto de leñas o para anunciar que ya están libres para pastar el ganado vacuno los terrenos acotados. En fin, la campana no solo sirve a la iglesia, sirve también al poder civil, que es el alcalde. Si hubiera un incendio o alguna cosa anormal cualquiera podrá avisar con el toque de campana.
En la plaza también hay otras reuniones, pero serán con fines de distracción, juegos o diversión como bailes, juego de bolos o tiro de barra.
Más distante que otras casas de la plaza está el edificio de la iglesia con su torre y campana; está en punto alto y casi equidistante de los dos barrios extremos. Se compone de tres altares, coro posterior alto y sacristía. Toda es de piedra caliza y con unos dos siglos de existencia; no es grande, más pequeña que la escuela, pero para el pequeño vecindario basta. El cementerio estaba pegado a su pared norte.
Hoy ya no es así, pero cuando yo contaba menos de diez años lo que en ciudades y pueblos importantes eran tiempos pasados, en mi pueblo y en otros como el mío eran tiempos presentes. Era porque los años, meses y días se conocían y contaban bien, pero con las horas no había seguridad; no había reloj en la torre de la iglesia, ni en el bolsillo de los hombres; al menos mi padre no lo tenía. ¿Cómo saber la hora? Por medio de la sombra, y la iglesia indicaba la hora si era día claro y con sol. Cuando llegaba la sombra a tal roca eran las doce; cuando a aquella piedra serían las cuatro de la tarde. Esto lo apreciaba mi padre con bastante aproximación, según pude comprobar en alguna ocasión con alguien que tenía reloj. Es decir, la iglesia no era reloj de sol, era de sombra.
Memorias de un maestro babiano socialista exiliado.
Baudilio Riesco.
Club Xeitu. Villablino, 2024.
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