Un robo en el santuario de Carrasconte
En la tarde del día 17 de enero de 1824 el casero del santuario, Jerónimo Jato, vio pasar por delante de su casa y camino de Villaseca a tres hombres, dos con sendas caballerías mulares y el tercero con una manta al hombro; los cuales, como a cosa de las seis y media de la tarde, volvieron a la vivienda del mencionado Jato y, después de beber «media azumbre de vino», le pidieron posada; más como no pudiera él facilitársela, se prestó a acompañarlos a la casa del administrador quien, a su vez, contestó no podía recogerlos por no tener apenas en dónde; pero, a pocos momentos, recapacitando, al considerar la frialdad y rudeza del tiempo, el despoblado en que se hallaban y la distancia a los dos pueblos más cercanos, se decidió a ejercer con ellos cristiana hospitalidad; mandó abrirles la puerta, que recogieran sus caballerías y subiesen.

Después de haber cenado y bebido, uno de los desconocidos, que era negro del ojo, moreno de cara, de talla mediana, con chaqueta de buen paño y chaleco de pana, dijo: «Señor cura, venimos a buscar treinta mil reales de este santuario». Sorprendido el administrador, replicó que no tenía existencias, a causa de las continuas y crecidas obras. Amenazaron con las armas y entonces les manifestó tener tan solo mil cuatrocientos reales. De momento aparentaron contentarse con aquella cantidad y, después de recogerla, hasta se dispusieron a marchar. Estaban ya fuera, cuando, repentinamente, se volvieron, insistiendo y diciendo no podían separarse del santuario con tan poco dinero. En consecuencia, y por no haberles entregado más, ataron al casero y a sus dos criadas, llevándolos a una habitación en donde, con uno de ellos como centinela de vista, les obligaron a permanecer interín que los otros acompañaban al administrador para abrir y registrar el templo. Reconocieron los cajones, alacena, archivos y, forzando los cepos, sacaron toda la «subsistencia» de la ermita. Acabada la faena, encerraron al administrador en un cuarto, haciéndole echarse en cama; y se fueron con el casero, a quien dejaron, maniatado, en su propio domicilio. Pasado algún tiempo, el administrador pudo vencer la cerradura y, al salir de su prisión, encontró, en el otro cuarto y también encerradas, a sus criadas. El hecho se puso en conocimiento de la Justicia y, por el Juzgado de Babia, se instruyeron las oportunas diligencias.
El Santuario de Nuestra Señora de Carrasconte: notas históricas (1578-1828)
Francisco Mayán Fernández
Artículo en Archivos Leoneses, 1949
Editado en libro por el Club Xeitu, 2012
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