El zagal babiano

LUIS MATEO DÍEZ

Dice que había una mujer que se quedó viuda con muchos niños, que el marido muriera el pobre de unas tercianas. No tenía el chico mayor, que se llamaba Chamín, ni once años, y después de pasar un invierno muy malo, que los tiempos no estaban para bromas, pensó la madre en mandarlo de zagal con los pastores trashumantes, a ver si podía ir haciendo por la vida. Nunca Chamín había visto otra cosa que su pueblo, ni más allá de la vega ni más lejos del monte había ido.

Y andaba él ensimismado, como pensando en aquellas dehesas de lo que llamaban Extremadura, a donde se llegaba después de andar casi un mes. Para octubre ya vistió Chamín lo que su madre pudo buenamente hacerle de ropa, y un buen zurrón para llevar la impedimenta, que ese había sido de su abuelo.

Vino el día que había dicho el rabadán, se despidió Chamín de la madre y los hermanos, y para la majada del puerto se fue, que en pocos días salían los rebaños cañada abajo. El chico iba acobardado ante aquellos hombres con los que iba a convivir, cuidando los mastines a la zaga del rebaño, y algunas bromas le gastaban al verle el zurrón tan grande y tan pesado, que le hacía caminar ladeada la espalda.

En todas las jornadas fue Chamín allí triste y silencioso entre los mastines, y le miraban ya los hombres con esa compasión con que se mira al huérfano. Pasaban de la montaña al llano y de la ribera al páramo. Y llegaron a las dehesas extremeñas cumplidas las jornadas del cordel. Aquel día al indicarle a Chamín el chozuelo, vieron el rabadán y el compañero que el zurrón del zagal estaba vacío, que la impedimenta que tanto parecía pesarle en el viaje allí no estaba.

«¿Dónde echaste tus cosas zagal? –le preguntaron– que aquí de ellas vas a necesitar». «Nada mío traía en el zurrón», les contestó Chamín. Todos quedaron extrañados, y entonces el chico señalando por encima del cerro confesó:

«Yo no sabría volver a Babia, que todas esas tierras ni las sé ni las conocería. Antes de salir, fui muchos días por el río cogiendo piedras blancas y de ellas llené el zurrón sin que mi madre me viese, y por el camino las he ido tirando para por ellas volver». Sonrieron asombrados el compañero y el rabadán, y aquella noche soñó Chamín con las blancas señales que siempre le conducirían a Babia y durmió muy tranquilo.

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Relato de Babia.
Luis Mateo Díez.
Edición del autor, 1981.
Reeditado en 1986, 1991 y 2003

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