El lavadero de Victoriano González

Historia. Memoria. Patrimonio. Cualquiera de estos tres conceptos es, por sí, importante. En La Recuelga se hermanan los tres. Un lugar que, a lo largo de un siglo, hizo suyo y transformó la actividad minera: tendiendo el ferrocarril que dio origen a todo, abriendo bocaminas, trazando planos inclinados, plantando torres para hacer volar líneas de baldes, construyendo grandes lavaderos, haciendo surgir un ramillete de casas a su alrededor, enterrando bajo escombreras tierras y desniveles. Tiznándolo todo con un carbón que ya no existe, salvo en las entrañas del suelo y del imaginario colectivo.

La dimensión e importancia del lavadero de Antracitas de Fabero ha relegado a un segundo plano al de la empresa Victoriano González, coetáneo suyo. Sin embargo, el grupo minero al que sirvió hunde sus raíces en el origen del conjunto de La Recuelga.

Poco después de la puesta en servicio del ferrocarril Ponferrada-Villablino, en 1919, se establecieron en este punto algunos apartaderos y cargaderos particulares. Uno de ellos sería el del grupo minero ‘Peñarrosas’, que en su origen explotaron en sociedad Rafael Burgueño Garrido, Dionisio González Miranda y Victoriano González Vega. Arruinado el primero –hombre de negocios de Cacabelos que se había sumado a la prosperidad del carbón con un almacén en que lo vendía en la Plaza de los Mesones de Ponferrada–, se mantuvieron Dionisio y Victoriano González al frente de la explotación.

El primero terminó abandonando, por lo que la mina quedó en manos del segundo, que daría su nombre a la nueva sociedad que decidió fundar.

Así nació Victoriano González S.A. Su producción saldría del grupo minero ‘Peñarrosas’, ubicado en la margen derecha del río Sil, una mina de montaña que llegó a contar con un transversal general y cuatro pisos. Al filo de 1945, alcanzaba las 52.500 toneladas.

En esa época, al calor de la favorable coyuntura que supuso para el sector la autarquía de la dictadura franquista, la sociedad emprendió la construcción de un lavadero, al tiempo que Antracitas de Fabero hacía el suyo. El nuevo lavadero de Victoriano González se montaría a la vera del ferrocarril Ponferrada-Villablino, sobre la base del cargadero preexistente. Entró en servicio en 1947, tras varios años de montaje y pruebas.

En él se recibiría el carbón en bruto desde el grupo ‘Peñarrosas’, por medio de una línea de baldes de 250 metros (de la que todavía se conservan vestigios) que desembocaba en la estación de recepción, elevada sobre una estructura saliente de pórticos de hormigón armado, punto de mayor altura del lavadero.

Desde allí, descargados los baldes, el carbón era distribuido hacia las distintas zonas de tratamiento y selección. Los dos cuerpos laterales albergaban el complejo industrial, del sistema «Ruiz de Velasco»: un circuito de cintas, cajas, chapas, lechos, filtros, canales y una noria en el que, con la fuerza de la gravedad, el agua y el aire, el carbón era separado de los estériles y seleccionado por tamaños, antes de ir a parar a las tolvas desde las que sería definitivamente trasvasado a los vagones del ferrocarril.

Junto al propio lavadero, cabe citar la construcción de varios edificios en sus inmediaciones por parte de la sociedad Victoriano González: oficinas, laboratorio, almacenes, comedor para obreros, enfermería y un poblado de viviendas en El Escobio.

Este se iba a hacer dentro de la línea de financiación del Instituto Nacional de la Vivienda y su programa de construcciones en las cuencas mineras de la provincia. Victoriano González S.A. había encargado en 1949 un proyecto para levantar varios bloques con 32 viviendas, un economato y un hospitalillo. Este proyecto, de mucha mejor calidad arquitectónica del que se terminaría haciendo, nunca llegó a ejecutarse. No sería hasta pasada una década cuando se construyera la barriada de El Escobio, entre 1958 y 1961: cinco bloques con un total de 52 viviendas y un pabellón destinado a trabajadores solteros, todos de dos plantas, bajo proyecto del arquitecto Daniel Calleja.

El nombre de Victoriano González desaparecería definitivamente cuando el declive del sector absorbió la empresa, primero en Coto Minero del Sil y luego en UMINSA. El grupo ‘Peñarrosas’ sería durante décadas escenario de movilizaciones laborales que alcanzaron gran eco hasta su cierre definitivo en 2008. El lavadero, hoy un gigante de hormigón y cristales rotos abandonado a su suerte, es mucho más que una ruina: una obra de ingeniería, un lugar de trabajo, un punto esencial –junto con su coetáneo el de Antracitas de Fabero– del ferrocarril de nuestros pueblos y del legado minero.

Historia, memoria y patrimonio.

Víctor del Reguero