Una de las actividades a las que el Club Xeitu ha dedicado una atención preferente es la recopilación y salvaguarda de todo tipo de documentos y fotografías relacionados con su ámbito de influencia. Gracias a esos fondos, con los que venimos formando un amplio y variado archivo, disponemos de todo tipo de materiales tanto para nuestras propias actividades, como para la colaboración con otras personas, entidades e instituciones que se dirigen a nosotros.
En las imágenes del pasado, aparecen y reviven personajes, escenas, lugares, gestos, momentos, miradas… que siempre dicen algo a quien al cabo de tanto tiempo las mira. Entre los negativos de un fondo donado al Club Xeitu, uno de ellos nos regala un conjunto más que especial. Es un pequeño trozo de acetato en el que, con esa combinación mágica de luz y química que es la fotografía, alguien pasmó hace un siglo la escena que tenía ante sí y que hoy nos pone ante los ojos lo que alguien también plasmó en letra para contar, con emoción y pasión, “el primer partido que se presenció en este país”.
El once de un equipo de fútbol, flanqueado por dos mozos trajeados, uno tocado con boina y el otro con visera y pipa, toma otra dimensión cuando pasa de la mesa de luz a las caricias de la luz fría del escáner, que en unos minutos lo transporta a la pantalla para que de pronto comiencen a aparecer rostros conocidos. Algunos de ellos descendientes de los comerciantes lacianiegos en Madrid que, a su regreso al valle cada verano, traían aires cosmopolitas y novedades como el fútbol o la fotografía. Entre ellos, también algunos mineros, convertidos a base de buenas jugadas y goles fantásticos en glorias del ‘foot-ball’, como se decía entonces.
La digitalización, combinada con un recorte del periódico El Templario, corrobora que se trata del primer equipo de fútbol del Laciana F.C., que estrenó sus destinos un domingo de julio de 1924 en el “stadium” de Villablino, ubicado en el que luego sería Campo de las Escuelas.
En plenos felices años veinte se mezclaban señoritos con corbata, mujeres con vestidos al vuelo y zapatos de tacón, mozos en pantalón corto y mineros que se lavaban la cara de carbonilla para ponerse la camisa de domingo.
Un testimonio único de un tiempo que, mágicamente, se conserva intacto al cabo de un siglo.


