Nuestro conductor pateaba el suelo, gritaba, deliraba, maldecía y blandía el látigo. Se comportó de esta manera hasta que el equipo echó a galopar por uno de los pocos tramos llanos del camino. Grises montañas bordeaban el valle. El campo estaba estéril y la hierba seca. Una espesa capa de polvo cubría la carretera y se arrastraba tras las ruedas de la ruidosa diligencia.
El distrito está escasamente poblado. Pasamos solo por un pueblo, un lugar primitivo en la orilla rocosa del Sil, con casas bajas, campesinos pintorescos y un aire de pobreza. Nos quedamos aquí unos minutos y luego fuimos a jugar a los bolos por un precioso valle, con laderas boscosas bajo picos rocosos, y el río espumeando en lo profundo de su accidentado cauce.
—«Matarrosa» —dijo el conductor, llegando a la puerta de una pequeña posada construida de piedra.
El alcalde se apeó y fuimos presentados a los anfitriones de esta humilde taberna. Montañas, rocas, abetos, un puente sobre un estanque profundo, el Sil, unas cuantas casas miserables junto a la carretera y un niño con un abrigo de piel de oveja; así fue nuestra primera visión de Matarrosa.
—¿Qué hacemos? —le dije a Ángel—. Hoy no es un buen día para pescar.
—Sí, es un buen día para mi cebo —respondió.
—Bueno, ya veremos —dije—. Me parece que es mejor esperar hasta que el sol esté bajo.
—No, es mejor cuando el sol está alto —protestó Ángel.
Salimos a la luz intensa y seguimos un sendero por la orilla derecha del río. Ángel eligió quedarse en una poza profunda donde el agua era adecuada para su estilo de pesca. Mi esposa y yo seguimos río arriba y llegamos a un amplio vado poco profundo, salpicado de algunas rocas. Aquí se podía pasar por el agua con seguridad, y el agua era perfecta para la pesca con mosca. Se capturaron unas pocas truchas pequeñas, y un buen pez rompió la línea del sedal de una mosca auxiliar. En un tramo más profundo, donde el agua formaba remolinos cerca de la orilla, una trucha de una libra atacó la mosca naranja y fue capturada debidamente con la red. Este remolino estaba lleno de peces. Saltaban por todas partes; pero el agua estaba clara y era difícil evitar que la sombra cayera sobre la poza. Sin embargo, el remolino produjo dos truchas más y tuvimos varias picadas. Luego bajé a la poza de Ángel para ver qué estaba haciendo. Había hecho picar dos veces a una trucha con la Stonefly (mosca de piedra, plecóptero) pero el pez había rechazado el infalible cebo.
—Está demasiado brillante —dije.
—No, es bueno para mi pesca —afirmó Ángel.
Lo dejé en su pesca con mosca, encaramado en una roca sobre una poza de unos tres metros de profundidad. Era el lugar perfecto para una trucha grande; pero el resplandor del sol sobre el agua clara era intenso, y cada pez que estaba quieto podía ver su sombra.
Mi esposa tuvo que retirarse a la sombra. El calor era agotador y el brillo del agua rápida cansaba nuestros ojos. Deseaba que lloviera. Un poco del auténtico clima inglés habría sido un cambio bienvenido. No había llovido en al menos quince días. En Inglaterra, nuestros amigos se que-jaban de la lluvia incesante y las bajas temperaturas. —Os envidiamos —escribían—. Bueno, el sol era glorioso; llevábamos desde principios de marzo calentándonos por completo bajo él, y nuestras caras estaban bien bronceadas. Aun así, deseaba que lloviera. Aquí había un gran río, lleno de truchas que subían a la mosca, pero el sol resultaba un serio obstáculo para la pesca.
Decidimos regresar a la posada y dormir una siesta hasta las seis en punto. A esa hora, el sol estaría oculto tras las cumbres más altas de las montañas. Ángel no había tenido éxito. La infalible stonefly había sido rechazada con desprecio y nuestras pequeñas moscas habían sido más letales. Algunos campesinos estaban comiendo el almuerzo en la taberna. Uno de ellos era una chica muy guapa llamada Felicia González. «Robusta» apenas es un adjetivo lo suficientemente expresivo para transmitir sus proporciones. Era una verdadera gigantona, y solo tenía catorce años. Felicia parecía tener al menos veinte. Era rubia, con la piel de un tono dorado, ojos azules y rasgos delicados. No puedo describir su atuendo: era una explosión de color, desde su pañuelo en la cabeza hasta sus medias verdes. Era pastora de cabras y vacas, y una de las mejores cantantes y bailarinas de Matarrosa. La comida de Felicia consistía en un trozo de pan de un pie de largo y un pedazo de tocino graso. ¡Cómo lo disfrutaba! Por nuestra parte, apenas podíamos tragar la sopa y el pollo guisado. Hacía demasiado calor para comer.
Un equipo de mulas se detuvo en la puerta, y el cochero entró.
—Buenos días, caballeros; que tengan buen apetito.
Pérez sacó un par de truchas del barril de escabeche, cortó un pedazo de pan y sirvió un vaso de vino tinto para el hambriento arriero. Naturalmente, el recién llegado preguntó quiénes éramos y qué hacíamos en Matarrosa. Ángel le dio la información. Al terminar su almuerzo, Felicia tomó su cayado y salió de la posada con paso firme, haciendo resonar las suelas de sus zuecos sobre el camino. El arriero y Ángel encendieron sus cigarrillos, y nosotros nos retiramos a dormir hasta la tarde.
Hacia la tarde se nubló. La lluvia amenazaba de verdad. Una brisa más fresca bajó de las colinas cubiertas de pinos y levantó el polvo del camino. Estábamos renovados tras la siesta. Estanislas, el muchacho del abrigo de piel de oveja, esperaba para acompañarnos río arriba. Había traído su caña larga y pesada de bambú, y en la espalda llevaba una cesta parecida a una típica morraleta de pesca, pero sin tapa. Emprendimos el camino río arriba.
El agua ya no deslumbraba, pues las nubes que se acumulaban proyectaban sombra sobre el estrecho valle. Decidí probar con el pez artificial en unas aguas rápidas y turbulentas que ofrecían muchos refugios para las truchas entre las rocas. Para mi alegría, pinché un pez en el primer lance. Realmente no me gusta pinchar truchas con la terrible cantidad de anzuelos de un pez artificial, pero me alegró ver que el señuelo atrajo un pez tan rápido. Este pinchar y fallar es la peor parte de la pesca con pez artificial. Creo que la culpa la tienen los triples flotantes. No es común perder un pez enganchado en el anzuelo de la cola.
Mientras tanto, Estanislas sacaba truchas con su formidable caña de bambú. Lanzaba con un fuerte chasquido cruzando el arroyo, y dejaba que su docena de grandes moscas bajaran nadando por el agua turbulenta. En cada lance, el peso de la caña casi hacía caer al pequeño en la corriente arremolinada. Este chico es un buen pescador. Atrapa casi tantas truchas como los adultos. Mi esposa le tomó una fotografía mientras lanzaba la caña sobre una poza, cerca del puente de Matarrosa. Yo seguí lanzando el pez artificial en las aguas bravas junto a la orilla. De pronto, varias piedras comenzaron a rodar cuesta abajo detrás de mí. O bien las había hecho rodar alguna persona traviesa, o las habían soltado unas cabras. Cuando una segunda andanada pasó zumbando junto a mí, dejé la caña, miré hacia el acantilado y grité amenazas con la Guardia Civil. No se lanzaron más piedras. No quiero pensar que los proyectiles fueran dirigidos hacia mí por un lugareño. Bien podrían haberse desprendido de los pies de un rebaño de cabras que anduviera por lo alto del desfiladero.
La siguiente trucha que atacó al pez artificial quedó bien enganchada. Era una luchadora tenaz, y el carrete zumbó mientras bajaba por las aguas blancas y rápidas. La saqué lateralmente de los rápidos y la llevé hacia aguas más lentas, donde dio un salto. Sus costados dorados brillaron un instante en el aire. Vi que era un buen ejemplar. Tras unos minutos de tira y afloja, logré cansarla y deslicé la red debajo de ella. Pesaba dos libras.
No logré capturar otra trucha en ese tramo turbulento, aunque estoy seguro de que había muchos peces tan grandes como el que había pescado. Al llegar a una zona más tranquila, puse el aparejo de mosca y logré hacer subir dos o tres peces en medio del cauce. Cerca del puente hice picar a una trucha muy buena, pero se soltó. Se capturaron algunas truchas pequeñas que fueron devueltas al agua. Ya casi oscurecía, y como la lluvia comenzó a caer con suavidad, regresamos a la aldea.
En Matarrosa, por primera vez en España, tuvimos que admitir que los pescadores locales nos habían ganado. Casi todas las noches regresaban con cestas llenas de peces excelentes, que iban desde truchas de medio kilo hasta de un kilo, y a veces incluso más grandes. Justo cuando empezábamos a conocer el río, llegó el momento de partir, pues habíamos planeado una larga peregrinación. Sin embargo, en general, quedamos satis- fechos con nuestras experiencias en este curioso pequeño caserío en la parte alta del Sil.
Fishing and travel in Spain
Walter M. Gallichan, 1904
Traducción del original en inglés: Eva Rico