Hoy, sobre los raíles de plata, ha ocurrido un milagro. Yo soñé esta frase o voló inocente, como si me la regalara el robledal. A lo mejor no fue más que una tentación mágica, de esas que buscan aliviar los pasos del caminante cansado al mediodía; un aire secreto, vagabundo por los valles en horas de nubes piadosas. El caso es que sentí en los oídos afilarse su fábula invisible. Tales venturas, bien se sabe, prosperan en la soledad. Y yo caminaba solo.

Los pasos, después de horas de andar ensimismado —esto también se sabe— ya no son pasos sino canción; una letanía de palabras insensatas arrancadas a las piedras que se van pisando. «Mata rosa, mata rosa, mata rosa», sonaba yo dormido al mediodía. Y de pronto era bastante para entender. Las piedras de las vías parecen una marea de bullicios que se aplaca de golpe, cuando las pisadas cesan y vuelve a dudarse de su rumor. Pero el milagro persistía indecible, «torén torán, torén torán», sonando como una campana que hiere en medio de las vías muertas.

«Salta sil, salta sil», cantaban después los pasos, y el río se contenía para girar en la hondura de un barranco antes de hacerse nueva espuma. Sentía por fin que la geografía me habitaba, que yo era parte de los sagrados nombres del hierro y del vapor. Pero entonces las figuraciones se amargaban, como las invadiera la vigilia, y venía a hostigarme un eco funesto de cigarras: «llegas tarde, llegas tarde, llegas tarde», chirriaban. Bien temía que las cigarras fueran ciertas porque este valle es ahora reino del silencio. Y justo es temer que el abandono también haya arruinado las palabras que pudieran yacer entre las vías, o en un remolino del agua, o monte arriba entre las casas que suben a colgarse del aire. Pero acaso se confunden los insectos del bochorno, tal vez se han vuelto sordos en su salmodia solar. «Villa rino, villa rino», prosperaba yo en los discursos secretos de la vía, sílaba a sílaba, traviesa a traviesa entre los pasos.

Voces de humo
Pablo Andrés Escapa, 2007

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