Purificación Silva fue aprendiendo lo importante de la vida a base de muchos golpes. Es difícil encontrar personas que no hayan aprendido a vivir a base de golpes y si la persona es mujer los golpes son redoblados. Ya sabemos que no todas las mujeres los reciben por igual. Hay Puras que crecen entre algodones y aprenden de la vida estrategias, trucos y disimulos, a la par que muchas tonterías, hasta que se casan y entonces el conocimiento sufre una conmoción repentina. Purificación o Puri, como todos la llamaban, cuando llegó a esa edad de pensar, cosa que en las niñas se da temprano, y deciden si desean casarse o no, conocía bastante bien el material del que están hechos los hombres. Los conocía en abundancia y en sus mejores variedades groseras. En la propia familia tenía ejemplares donde mirar, así pues decidió que mejor no casarse.
Estando en su pueblo de Valdeprado y llevando las vacas a los pastos de la Reguera, que era uno de sus muchos trabajos, abusaron de ella tres mozos. Puri tenía entonces quince años. Lo hicieron los tres al alimón. Dos la sujetaban y el tercero obraba. Y así fueron pasando los tres por turno. Cuando acabaron su gloriosa faena le advirtieron que si se quejaba a alguien o contaba aquel encuentro con los tres, se atuviera a las consecuencias. Que le convenía guardar silencio y aguantarse, porque de lo contrario volverían. Algo peor se les podría ocurrir. Y Puri se calló. Los vio alejarse por el camino arriba que sube a Anllares. Se movían balan-ceándose como si estuvieran borrachos. Uno cantaba aquello de «el vino que tiene Asunción». Los estuvo mirando hasta que se perdieron en una curva. Entonces reaccionó. Se miró. Estaba medio desvestida. Habían tirado sus bragas al río, pero se quedaron enganchadas en las ramas de un avellano. Le entró una inmensa rabia, respiró hondo. No tenía contra qué explotar, pero no perdió los nervios. Lo que le había pasado, mejor que no hubiera pasado, pero ya no tenía remedio. La imagen de aquellos tres borrachos subiendo por el camino no se le olvidó nunca.
Momentos después fue sintiendo el dolor de los golpes que le habían propinado. Se habían ensañado. La habían gritado palabras groseras nunca oídas antes. Recordó todas esas palabras y la saliva que le escupían con ellas. Repuesta, pero aún tambaleante, se desnudó por entero. Ordenó un poco la ropa, observó los desgarros y trató de disimularlos. La colocó bien doblada sobre la hierba y se metió en una poza del río. Se lavó despacio y a conciencia. Le entró un temblor y no pudo contener el castañeteo de dientes. Caía la tarde y las sombras iban cubriendo la montaña. Pronto vendría la noche. Apuró con el ganado hasta casa, lo metió en la cuadra y se deslizó por las callejas buscando que nadie la viera. Llegó a casa de la señora Adelina y le pidió ayuda contándole que habían abusado de ella tres mozos. No dijo cuáles y la señora Adelina tampoco hizo preguntas. La mujer se centró en arreglar aquello, lo que urgía, pues si no se arreglaba podría volverse un problema mayor.
[…]
En aquellas montañas la vida aparentaba un ritmo lento. Las minas y ferrocarril lo habían trastornado todo. Era verdad que allí dentro del valle es como si anidaran dos pueblos. El antiguo, guardado por las mujeres, se dedicaba como siempre al ganado y a las huertas. El nuevo, el de los hombres, bullía en las cantinas y soñaba con el dinero de las buenas pagas. Se sabía que meterse en la mina era medirse con el destino. El destino acababa ganando tarde o temprano. Tarde, pero no demasiado, con la silicosis. Temprano, por una explosión de grisú o un derrabe. Pero el ansia del dinero inflaba la cabeza de todos. Se soñaban triunfos y quimeras y algunas mujeres también mecían los sueños de escapar río abajo, marchar carretera abajo, hacia la ciudad y sus brillos.
De carbón y nieve
Eduardo Fra, 2018